El Real Murcia consiguió su primera victoria en casa en su tercer partido como local, sumó tres puntos y marcó tres goles si sus delanteros hubieran estado más inspirados.
Fue una tarde atípica en la Nueva Condomina o como se llame ahora. Una tarde tranquila con un gol de Curto para abrir la lata en la primera parte, otro de Toril para tranquilizar al personal en la segunda y uno más de Melgar para poner la puntilla y terminar de aprovechar la debilidad defensiva del Villarrobledo.
No recordaba tres goles en casa desde la épica remontada con el tercero de Chrisantus hace un par de temporadas aunque el desenlace agónico de aquel partido y la paz con la que disfrutamos ayer del juego del Murcia de Adrián Hernández en el partido más tranquilo que recuerdo desde que el club bajó a la B poco tienen que ver.
Al final los jugadores se acercaron a saludar a los aficionados del fondo cogidos de la mano como en la Bundesliga hacen los del Borussia para agradecer el apoyo y el récord de socios de esta campaña. Fue un bonito gesto, como casi todo ayer, que me gustaría ver muchas veces esta temporada y que no ha sentado bien al otro lado del Puerto de la Cadena.
Nada importa. La de ayer fue una tarde redonda, tan redonda que no parecía mi Murcia. La afición, los jugadores y el entrenador se merecían volver a casa con una sonrisa. Y es que el fútbol es un juego maravilloso, y si encima se gana, es la leche.
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